domingo, 17 de octubre de 2010

LA CULTURA DEL DIABLO (Capitulo I)

José Humberto Velasquez

INTRODUCCION

Frente a las elegantes oficinas, consultorio externo y hospital del Instituto Salvadoreño del Seguro Social, ISSS, se levanta en San Salvador una pasarela que atraviesa el Boulevard "Juan Pablo II, vía ancha de tránsito muy intenso. Las aceras adyacentes están cercadas con malla anticiclón  para obligar a la gente a protegerse del peligro  ya que muy pocos la usan.

Desde hace muchos años funciona en el país una dependencia de Salud llamada "Campaña Nacional Antipalúdica" entre cuyas tareas está la de medicar a la población amenazada por el paludismo endémico. Uno de los obstáculos con que tropieza la Campaña es la renuencia de la gente a medicarse  con pastillas que un "pastillero" le ofrece gra­tuitamente a la puerta de su rancho.

La factura por los servicios de agua, luz eléctrica, teléfono, tren de aseo, la recibe el usuario a domicilio. Debe pagarla dentro de las dos semanas próximas ... acude a cancelarla durante los últimos dos días de venci­miento, en una cola interminable, en medio de protestas irritadas por ... la incapacidad del Gobierno, de la Compañía y de la Municipalidad. Cuando se trataba de integrar la Selección Nacional que representa­ría a El Salvador en el Campeonato Mundial ... pero ¿para qué seguir? Los ejemplos de conducta incomprensible, aparentemente ilógica, podrían multiplicarse, pues se dan todos los días en todas partes.

Estos hechos, informes sólo en apariencia, configuran el comportamiento colectivo salvadoreño cuya explicación aún está por darse. Lo más que tenemos son opiniones dispersas, sin fundamento, que suelen desembocar en posturas psíquicas: Es problema de mentalidades. Respuesta sin porvenir inmediato que lo único que hace es trasladar la pregunta a otra parte: ¿Por qué es así nuestra mentalidad?

Sin porvenir inmediato por cuanto la Psicología de laboratorio intere­sada sobre todo en el aspecto analítico de los comportamientos, ha insistido poco o nada sobre el hecho de que en la vida psicológica concre a existe, en el seno del 'ambiente, toda una estructura dialéctica de esfuerzo; y, además, porque estas observaciones exigirían un amplio programa de nuevas investigaciones que no pueden realizarse sin antes emprender un completo estudio científico, no psicológico en sí mismo, de la "es­tructura del ambiente social".

Producto de la observación y meditación personales de muchos años, la intención de este primer ensayo sobre el tema es muy modesta. Nombrado accidentalmente "instructor de Antropología Social", cuando egresé de la carrera de Filosofía, me vi obligado a adentrarme en el estudio del comportamiento humano, tratando personalmente con antropólogos visitantes y usando el material bibliográfico disponible. Comencé a familiarizarme con estatus, grupos, instituciones, roles, papeles, normas, pautas, patrones, etc., etc., pero la antropología existente, a menudo cautivadora en los detalles, r:ne decepcionó en su conjunto. Advertí el rigor con que describía y hasta clasificaba los comportamientos y las relaciones de y entre las personas, pero sin mayor relación concreta con los problemas de la vida salvadoreña real. Las discusiones con los estudiantes, sus objeciones agudas y sus preguntas inteligentes, me hicieron caer en la cuenta de cómo los antropólogos al tratar de ex­plicar los problemas de la vida diaria con sus instrumentos concep­tuales, con harta frecuencia confundían los indicadores de las varia­bles con las causas de los fenómenos. Confundían el analfabetismo con el subdesarrollo, la desnutrición con los hábitos alimentarios, la suciedad con la ignorancia.

Entonces caí en la cuenta de que el hombre salvadoreño es el gran des­conocido. A pesar de que de él se dicen tantas cosas, interesadas las más, todas ellas sin fundamento, los rasgos que lo definen en su ser específico aún esperan ser estudiados. Todos hablan de él creyendo conocerlo, pero nadie lo estudia ni lo toma en serio. Siempre que re­flexiono sobre el hombre salvadoreño lo encuentro tan cargado de atributos tan disímiles que se me antoja el locus de las contradicciones o, me­jor aún, en frase de Proudhon1, como "una balanza de antinomias" que tan pronto se inclina a un lado como a otro. En un primer momento es un repugnante machista; al siguiente, religioso hasta la unción. Vio­lento y a la vez amante de la paz. Tan violento que genera una de las más elevadas tasas de homicidios y suicidios de América Latina; tan pacífico que, a sabiendas de que lo engañan los demagogos, acude a las urnas de votación sólo porque le dicen que las periódicas farsas electorales traerán consigo la paz. Duro y simultáneamente amoroso. Capaz de asaltar y robar sin consideración a los pasajeros de un bus, como de comprometer lo que tiene y ... hasta lo que no tiene en be­neficio de sus hijos. Monetarizado y también generoso. Vende hasta la camisa que lleva puesta, lo que le ha valido el mote de "fenicio" ... los salvadoreños son llamados los fenicios de Centroamérica ... todo lo cambian por dinero. En su "Poema de amor", Roque Dalton lo re­sume en un verso genial, somos los "hácelo todo, cómelo todo, vén­delo todo". Sin embargo es el mismo hombre capaz de desprenderse de lo que tiene para ayudar a damnificados desconocidos.

Nada de esto nos dicen los estudiosos de las Ciencias Sociales; en el tesario de la Universidad de El Salvador el hombre salvadoreño es el gran olvidado. No figura en ningún estudio ni es la unidad de aná­lisis de ninguna hipótesis que intente responder a las interrogantes.

¿Por qué el salvadoreño es el prófugo permanente de su propio país? ¿El inmigrante incorregible que deambula pór todas las latitudes? ¿Qué es lo que lo empuja a la aventura y a volver al terruño una y otra vez? ¿Por qué el salvadoreño no soporta los espacios abiertos y, compulsivamente, levanta muros, divisiones y lo reduce todo en cubículos? ¿Por qué el salvadoreño no logra superar su condición de fenómeno de los autores extranjeros en folklore, arte, ciencia, filosofía, depor­tes, etc.? Por qué ...

Fue, pues, al margen de la Enseñanza universitaria de la antropología, y a menudo en contra de ella, como empecé a interrogarme sobre el comportamiento humano y, específicamente, sobre las formas de com­portamiento del hombre salvadoreño.

A partir de entonces, estudié atentamente a los innumerables autores que de alguna manera trataban de explicar la conducta y sus motiva­ciones: a Sigmund Freud, conocido durante mis estudios de Filosofía, a William Mc Dougall, Henri De Man, William 1. Thomas, Meyerson, Michel Dufrenne, etc.; en ellos encontré una confirmación de la superficiali­dad advertida antes, una contradicción radical con otras posiciones cien­tíficas, y, para todas, una renovada exigencia de profundización. Es­tos autores, así como la rica discusión que suscitaron con algunos colegas psicólogos, sociólogos y filósofos, me obligaron a elaborar mucho más mis posiciones. En esos días creí encontrar la primera pista de una explicación al leer en un periódico de la Facultad de Medicina un editorial sobre la imprevisión como patrón de conducta.

Personalmente, profeso un desacuerdo fundamental con el estructu­ral funcionalismo y siempre que puedo evito usar sus conceptos y categorías. Sin embargo, en este caso decidí conservar el término "patrones culturales" por considerar que constituye una categoría que resume adecuadamente los comportamientos sociales observables; es decir, que se trata de una categoría suficientemente descriptiva, ya que no explicativa. A sabiendas, pues, del debate ideológico que puede ha­ber en ello, he preferido usar una terminología comprensible para todos, ya que la importancia verdaderamente central del problema trae de continuo a la orden del día la terrible pregunta "¿Qué es el hom­bre?", detrás de la cual se agazapa el ancestral problema de las cau­sas de la conducta humana, campo donde muchos términos, sobre todo

psicoanalíticos, pierden todo valor.                        .

El alcance de este ensayo es, pues, modesto. Trata de señalar "ras­gos" comunes a ciertos individuos, a muchos, quizá a todos, y de explicarlas a partir de consideraciones sociales; lo cual no es tan sim­ple, pues bien visto plantea una doble y contradictoria exigencia, la de referirse al individuo concreto, pero en tanto objeto general y abstracto -contradicción que hasta hoy no parece haber sido superada en conjunto

Por la llamada psicología social, ni se ve siquiera cómo podría serio.

Nuestra intención es explorar lo repetitivo, en la casa, en el trabajo y en la calle, movimientos mecánicos en la vida social e individual. ¿Qué es lo fundamental que se esconde detrás de esa repetición al parecer inagotable?

Quizá lo repetitivo sea una convergencia que conduzca si no a la esencia del comportamiento, por lo menos a su clasificación.

Todos sabemos que la regularidad es una característica de la realidad que ha dado lugar a la filosofía y a la ciencia. Y la regularidad en el comportamiento social e individual ha sido registrada y estudiada por las Ciencias Sociales, conduciendo a las ideas de los modelos, tipos, patrones.

La idea, en su formulación inicial, es que estos hechos, en aparien­cia insignificantes e informes, entren a formar parte del conocimiento agrupándolos no arbitrariamente, sino según unos conceptos y una teoría, tratando de darles sentido. Este intento supone una actitud crítica, tarea no del todo posible, pues es muy difícil aprehender lo cotidiano como tal cuando se está comprometido con él existencialmente, con la ra­zón y el lenguaje. La existencia de un substrato social que dota a los miembros de la sociedad de maneras comunes de comprender y les permite responder afectivamente en forma unificada a las situaciones que afectan sus valores comunes, ha sido reconocida desde hace mucho tiempo y aceptada por los antropólogos.

La dificultad está en determinar cuál es la naturaleza de ese substrato y cuáles son los elementos que configuran lo que pudiera llamarse "per­sonalidad común" a los miembros de una sociedad.

Precisamente la teoría de los patrones culturales se enmarca dentro del esfuerzo por explicar las motivaciones de la conducta humana, esfuerzo que ha dado lugar a las doctrinas de Sigmund Freud. William Mc Dougall, H. De Man, etc., quienes elaboraron listas más o menos amplias de móviles que impulsan a los individuos a realizar un acto, a elegir entre varias posibilidades. Todas estas explicaciones, que pueden englobarse en algo así como la teoría delos instintos, se ha probado que son no sólo insuficientes sino también antojadizos.

Lo mismo sucede con la teoría de los patrones culturales, si éstos son concebidos como representaciones de perfectas organizaciones neurológicas y mentales, es decir "patrones" o moldes (Patterns) para la conducta. Relacionar la conducta personal con una organización neurológica concebida como su "base biológica" significa que no se sabe o no se quiere emprender el estudio crítico de su base socio-histórica real. Y los conceptos admitidos como puntos de partida de una cien­cia de ese género pertenecen directamente a la ideología conservadoras del ambiente.

Por otra parte, nada puede ser más erróneo que rechazar, en cierta manera en bloque, todas las teorías del comportamiento no queriendo ver en cada una de ellas otra cosa que una racionalización más o menos lo­grada y carente de valor intrínseco.

Para el caso, no es totalmente desechable la categoría de "Personali­dad básica"2, entendida como una "configuración bien integrada" de "elementos de personalidad común" a los miembros de una sociedad, elementos derivados a su vez de "pautas culturales", vale decir de normas de comportamiento inherentes a esta sociedad. No es totalmente desechable por cuanto es tal la importancia del ambiente y del pasado en el hombre, que apenas se puede reconocer, bajo la variabilidad y diversidad de las finalidades, el fondo común de las motivaciones sociales, transformadas por la historia personal.

Es en este punto donde las condiciones sociales adquieren su plena importancia. El hombre no deja de estar biológicamente determinado por su organización neurológica, pero su forma de estarlo es determi­nándose socialmente. El individuo se convierte en persona integran­do en sí mismo todo aquello con lo cual enriquece y empobrece a la sociedad en que vive. Sin embargo, la base d-e la actividad personal no puede ser reducida a la exclusiva participación del individuo en las actividades básicas de la sociedad correspondiente. Si la infraestructura de una personalidad está formada por el conjunto de las actividades que la producen y reproducen, en ella figuran no sólo las formas ob­jetivas de la vida social, sino también las actividades individuales y las relaciones interpersonales.

 

 A esto se debe que su posición en la infraestructura de la personali­dad no sea en modo alguno un dato natural invariable, sino una ca­racterística históricamente condicionada y concretamente individual a la vez.

Con todas estas prevenciones teóricas y limitaciones al sistema, es que he tomado como instrumento de análisis del comportamiento colecti­vo salvadoreño la teoría de los "Patrones culturales". Pienso que sin dejar de lado las condiciones socioeconómicas que explican nuestra ineficiencia en la gestión pública, el urbanismo, la educación, la sa­lud, los deportes, la distribución de horarios de trabajo y de los ca­lendarios de vacaciones, etc., etc., es legítimo y científicamente po­sible, así sea a nivel descriptivo, estudiar una función psíquica como si correspondiera a un individuo social general, abstracción hecha de sus bases nerviosas y de su singularidad concreta en cada persona, sin desembocar en las' famosas "pers6nalidades de estatus" de los estructural-funcionalistas, ni empantanarse en la representación ideológica de un hombre abstracto, el inconcebible individuo general, cuyo carácter especulativo mostró claramente la Sexta tesis sobre Feuerbach: " . .,el ser humano no es una abstracción inherente a cada uno de los indi­viduos tomados por separado. En su realidad, el ser humano es el conjunto de las relaciones sociales". Mostrar que un estudio así es posible, es el toque de aventura del presente ensayo, En estos tiempos en que todo el mundo busca definirse, en que cada institución y gremio suspen­de su práctica cotidiana para re-buscar su identidad, me parece lógi­co que algunos salvadoreños nos interroguemos sobre nosotros mis­mos, con objetividad y hasta valentía.

Escribo este nuevo ensayo para los salvadoreños. Intento describir el entorno social, los móviles, con la máxima frecuencia irracionales, que los impulsan a actuar como actúan. Mi intención es la de llamar la atención de mis compatriotas sobre algunos rasgos de nuestro carácter nacio­nal, a los cuales estamos tan acostumbrados que ya no los vemos, incluso nos negamos a verlos.

Me 'ha resultado un retrato más bien feo, pero mi insistencia en mos­trarlo no es una muestra de mala voluntad, sino, por el contrario, una muestra de afecto exigente. Es un sketch sobre nosotros, pero mi co­nocimiento de otras gentes me dice que hay en él lo suficiente para despertar el interés del lector latinoamericano, no el interés en un pueblo exótico, sino el interés de quien encuentra rasgos de características que' son las suyas. Si he intentado descubri r en la cultura de los sal­vadoreños algunos rasgos demoníacos no es porque crea que seamos posesos de un maleficio del cual estaría exento el re.sto de nuestros hermanos. La imprevisión, el machismo, el caudillismo, la improvisación, son caracteristicas de los salvadoreños en los cuales los latinoamericanos encontraran, me imnagino, un eco de familiaridad.

  

Cuenta el pueblo piadoso que uno de los disfraces favoritos usados por el cornúpeta para tentar a .Ias almas, es el de predicador. Cuando usa de este artificio su palabra suele ser tan elocuente y conmovedo­ra que sin duda salvaría a muchos pecadores, si no fuera que al final de sus homilías se le sale la pezuña, pues las remata con las palabras:

-"Haz como digo ... pero no como hago".

Esta contradicción irracional, entre lo que se dice y lo que se hace, que satura la riqueza y la miseria de lo cotidiano, toma caracteres diabólicos cuando es llevada al extremo. Tal es lo que ocurre con un par de pa­trones culturales del salvadoreño, el atenimiento y el machismo.

Aunque no fuera más que por estos patrones gemelos, la cultura cristiana que se vive en El Salvador sería una cultura regida por el diablo. Di­cho esto no por la preeminencia que el príncipe de las tinieblas ocu­pa en el pensamiento y el esquema de vida cristianos, sino por el se­llo demoníaco que la cultura cristiana hipertrofiada en algunos aspectos ha impreso en la cultura salvadoreña.

El diablo forma parte de los terrores con que la religión cristiana ma­neja a las personas, lo que le ha valido el títl:llo de terrorista, aunque no es la única. Terror al pecado, al demonio, a la pérdida del favor de Dios: al infierno, a la condenación eterna. Es muy significativo que el ideal cristiano de hombre es el de quien vive temeroso de Dios. Sin embargo, no es por esto que me parece que la cultura salvadoreña está regida por el diablo. Cuando menos no sólo por eso, sino también por los antedichos patrones culturales que parecen inspirados por el mismo demonio, dados la frustración y el sufrimiento innecesario que gene­ran.

Hay, por ejemplo, mucho de irracional en el hecho de percibir el hos­pital, establecimiento en el que se restaura la salud de los enfermos, como un lugar "para morirse". Cuando la gente pide los servicios de ambulancia para hospitalizar a un enfermo todos lloran; si lo llevan al hospital es porque ya está en paso de muerte por una dolencia que tratada a tiempo pudo curarse. El atenimiento que nos inhibe el soli­citar Auxilio Médico hospitalario, razonablemente disponible, hasta que el enfermo se ha vuelto irrecuperable tiene un toque satánico.

y qué pensar de un machismo que por un lado se opone al control natal y por otro percibe al sexo como indecente y ridículo en sí mismo?, que eleva la ignorancia acerca de los temas sexuales a la categoría de virtud

 

y da a los jóvenes una sensación de pecado por tener curiosidad na­tural acerca de asunto tan importante?

y qué decir de la estricta. prohibición de mencionar directamente el sexo en la conversación diaria mientras prolifera una impenetrable selva de eufemismos hipócritas que la infestan sexual mente?

Si esta actitud y sentimiento machistas hacen imposible el amor feliz, conduce a los hombres al menosprecio de las mujeres con quienes tienen relaciones, y los impulsa a la crueldad hacia ellas, no será que lo ha ideado Mefistófeles?

Vayan estas líneas como improvisada explicación del título de este ensayo.

 

Un patrón cultural es un conjunto de normas que regula el com­portamiento del individuo" y del grupo en un sector de las relaciones sociales. El individuo aprende a vivir en sociedad en un proceso que se inicia desde el nacimiento .. Al nuevo miembro del grupo se le en­seña a convivir con sus semejantes mediante normas que le impone, primero, el grupo familiar y, luego, el grupo de juego y el vecindario, Las normas son siempre imperativas, al niño se le imponen sin mayor explicación.

"Debes hacer esto, no debes hacer aquello".

Las normas no son teóricas o abstractas. Una parte de su poder radi­ca en las sanciones inherentes a ellos. Tódos los pueblos tienen su propio concepto de lo que es decente, indecente, púdico e impúdico, correcto y vergonzoso, deseable e indeseable, y un sistema de sanciones para mantener a los individuos dentro del contexto aprobado por el grupo.

La norma cultural es imperativa y coactiva. Su función es asegurar la conformidad suficiente para su aceptación y ejecución por medio del control social, concepto que resume la totalidad de sanciones positi­vas y negativas a las que recurre una sociedad para adaptar a sus miembros al entorno social en cuyo seno deben vivir.

El principio del control social tiene una lógica de sistema. Se distri­buy~ en una escala progresivamente punitiva que va de la maledicencia a la pena de muerte, pasando por las sanciones físicas, económicas y hasta sobrenaturales. En sus aspectos positivos las sanciones van de la aprobación verbal, a la recompensa económica, al reconocimiento público, a la exaltación general.

Por otra parte, las normas no son aisladas, tienden a integrarse en complejos orientados hacia determinados fines no del todo claros para quien las ordena. Yo debo saludar primero a las personas mayores de edad sin saber exactamente por qué. Se me dice que saludar es signo de buen edu·cación ... razón poco clara, pues no sé exactamente por qué debo

parecer bien educado .... bueno, pues para ser aceptado por el grupo ...

pero por qué debo ser ..... y así sucesivamente.

Cuando las normas aparentemente aisladas y las conductas a que dan lugar se estructuran enun haz se llaman Patrones Culturales. Patrón, por cuanto configuran formas de comportamiento comunes para todos; da la idea de un molde en el que se recorta la conducta de toda la colectividad, con pequeñas variantes personales. Cultural, por cuanto el conjunto de patrones refle­jan el estilo de vida de una comunidad, el tipo de relaciones entre sus miembros, cuyo perfil da una primera idea de su cultura.

 

En este sentido, la cultura es siempre un todo integral y estructurado, pero puede desglosarse en componentes estrechamente ligados y de­pendientes entre sí, que son los patrones culturales. Si la cultura se concibe como un todo, los patrones serían los elementos que la inte­gran, desde el punto de vista del comportamiento en diversos secto­res de la vida social4, concepción que podría facilitar la comparación entre una cultura y la otra.

El estudio comparativo en sus aspectos globales entre dos o más culturas es una tarea difícil, pues se trata de comparar dos o más entidades totales, lo cual puede hacerlo improductivo. Sin embargo, puede te­nerse mejor suerte si el parangón se establece no entre totalidades, sino entre sus elementos en este caso entre los patrones culturales re­ferentes a un mismo sector de las relaciones sociales. Al decir esto, es obvio que estamos planteando el' problema de la comparabilidad de las culturas como si éste pudiese resolverse a un sólo nivel de análisis, lo cual no es cierto. Los historiadores, por ejemplo, han estudiado la comparabilidad de las sociedades y civilizaciones, tratando de justi­ficar sus propios modelos. Pero cuando hablamos de comparar culturas utilizando como unidades de análisis los patrones culturales, lo hacemos desde un punto de vista antropológico, es decir, a un nivel operativo muy alejado del nivel de abstracción de una teoría de la historia, dis­ciplina que se ocupa entre otras cosas de la mencionada comparabilidad.

Los patrones culturales son complejos de normas que regulan el com­portamiento del. individuo en un sector de las relaciones sociales. La vida social consiste en una multiplicidad de relaciones que discurren en una multiplicidad de sectores, correspondientes a diversos grupos y circunstancias. Así, hay patrones culturales familiares, religiosos, sexuaies, de consumo, alimentarios, de excretas, etc.

El patrón de evacuación de excretas, por ejemplo, consiste en las normas que regulan la forma cómo ha de satisfacerse una necesidad fisioló­gica común a todos los seres vivos.

Todo grupo humano desarrolla ciertos tabúes acerca de la recogida y eliminación de excretas. En el caso de la cultura occidental, la evacuación es un acto privado, que exige el aislamiento y la separación de las mujeres y los hombres.

 

Las normas de la evacuación de excretas se pueden deducir con sólo observar la disposición de los hogares occidentales. La letrina, el excusado, el servicio sanitario, se ubican en el ambiente de la vida fa­miliar (comedor, dormitorios) y nunca en el ambiente de la vida social (sala). Es inconcebible que un servicio sanitario tuviese su puerta- de acceso a la sala en la que se recibe a las visitas.

Fuera del país es fácil reconocer a los salvadoreños, ya que es típico en nosotros el jamás pedir que nos permitan el uso de la letrina; nos da vergüenza que nos vean entrar al secreto lugar, y más aún que "nos oigan" nuestros "secretos".

El sigilo adscrito a las excretas podría explicar la renuncia de ingenieros, arquitectos y urbanistas, a construir "servicios sanitarios" públicos. Si no, cómo explicar que en la Ciudad de San Salvador sólo haya ... tres excusados para uso de 400.000 habitantes?

El aislamiento no es sólo físico, sino también verbal. La palabra que designa al ambiente y al acto se usan con muchas restricciones.

No es de buen gusto hablar en público de excusado, letrina, cien5, y se prefiere hablar de servicio sanitario o baño, no asociadas directa­mente con la acción de defecar. En los lugares públicos las letrinas se rotulan con las letras W.C., siglas de Water Closet término inglés con muy poca referencia al excusado de quienes sólo hablan castellano.

Las normas sobre excretas regulan toda actividad relacionada con su evacuación, desde la posición sentada en una taza o caja de madera hasta el uso del "papel higiénico"6. Todo ello dentro de un marco de pulcritud. Como dice el pueblo.

"El que es decente, hasta en el excusado se sienta bien".

La deposición de excretas es sólo un sector de la vida social, pero las normas que lo regulan y el valor hacia el cual apuntan influyen direc­tamente en el diseño de los ambientes hogareños y públicos, en los temas de conversación y hasta en la industria del papel.

Los patrones culturales en cuanto conjunto de normas son aprehen­didos por el individuo durante el proceso de socialización, que al final de cuentas consiste precisamente en el aprendizaje de los patro­nes culturales propios del grupo. El nuevo miembro es socializado a base de normas que se refieren al comportamiento externo; pero que son internalizadas en el proceso de formación de la conciencia.

Esta circunstancia le confiere a los patrones culturales algunas de Sus características. En primer lugar, es una forma de conducta socialmente compartida y a eso se refiere su nombre. Luego, en tanto que el pa­trón cultural es aprehendido en el proceso de socialización, el cual se inicia con el nacimiento, ello significa que es adquirido en la etapa pre lógica del aprendizaje; lo que le confiere una tenacidad difícil de abatir? Así, los patrones culturales son formas de comportamiento que afectan a toda la comunidad y muy difíciles de modificar. Se trata de aprehen­sión de la cultura codificada, típica de una conciencia acrítica, pero capaz de configurar a una persona bien integrada a su grupo.

Los patrones culturales desempeñan una importante función en la vida diaria. Le indican al individuo cómo ajustar su comportamiento en cada circunstancia y le permiten comprender la conducta de los otros. La vida se torna incierta cuando no sabemos qué esperar de los demás o lo que ellos podrían esperar de nosotros.

Las normas sociales que integran el patrón resultan importantes por­que el hecho de que todos las observen, hace posible pronosticar nu­merosos aspectos de la vida. Aunque por regla general la gente no sabe por qué se comporta como lo hace y lo único que puede decir es que siempre ha sido así.

El proceso de socialización se realiza en base al aprendizaje de nor­mas cuyo cumplimiento trae consigo la estabilidad emocional del in­dividuo. Esta es la función social de las normas que proveen al indi­viduo de un modelo de comportamiento -que deviene modelo personal cual ajustar su conducta en cada uno de los sectores de las rela­ciones sociales.

Los elementos de tal modelo varían de un área del comportamiento a otra, pero en cuanto categorías de análisis tienen las siguientes ca­racterísticas comunes .

. Los patrones culturales suministran al individuo un patrón de percepción de la realidad. La realidad es una, pero es ordenada e interpretada de acuerdo con las experiencias 'vivenciales de cada individuo, lo que da pábulo a la idea general de que cada uno es totalmente distinto de los demás. Esta es sólo una verdad a medias, pues lo cierto es que cada persona tiene en común con los otros, más de lo que a simple vista parece y más de lo que se está dispuesto a aceptar.

La realidad es única, pero el grupo 'tiene elaborada una representación de ella, la que impone el proceso de socialización a cada uno de sus nuevos miembros. En este proceso de socialización cada individuo asimila las representaciones, los conceptos y los puntos de vista que son el contenido de la conciencia social y están formados por la experiencia milenaria de la gente, transmitida de una generación a otra.

La riqueza de la conciencia personal es aquella parte del contenido de la conciencia social que ha asimilado el individuo. La conciencia in­dividual se forma en el proceso de asimilación de las representacio­nes, de los contenidos y de los puntos de vista elaborados por la so­ciedad.

Fisiológicamente, por ejemplo, no hay ni buenos ni malos olores, ni buenos ni malos sabores. La clasificación de unos y otros es definiti­vamente cultural. De no ser así, cómo explicar que para unos grupos humanos las hormigas, los gusanos, los perros, etc. sean platos ex­quisitos mientras que para otros sea repugnante la sola mención de la posibilidad de comerlos? Paladear una cerveza amarga, o un licor "extraseco" es producto del aprendizaje durante años. Con los olores pasa lo mismo. A los niños hay que "enseñárles" cuáles son los bue­nos'y cuáles son los malos. En El Salvador, los niños tienen un juego que es muy ilustrativo a este respecto. Cuando uno de ellos deja es­capar una ventosidad "maloliente", se juntan y tratan de averiguar quién es el culpable. Uno de ellos moja con saliva los nudillos de la mano asignándole uno a cada uno de los presentes; luego lo sopla con la boca mientras los atrasa coro dicen

"So, so, so, quién se lo tiró? .... " el primer nudillo que se seca indica quién fue. Es aquí cuando aparece el adulto

y los dispersa.

Esto en lo que se refiere a la percepción de fenómenos fisiológicos para los cuales es dable suponer una valoración común derivada de la base sensorial común. El acondicionamiento dela percepción de la reali­dad social es todavía mayor. El sentido, contenido y significación de los hechos y fenómenos sociales están determinados por la constelación ideológica del grupo. La percepción es el reflejo conjunto de cualidades  y partes de los sujetos y fenómenos de la realidad que actúan direc­tamente sobre los órganos de los sentidos. La percepción de algo, como objeto o fenómeno determinado de la realidad social seria imposible sin la referencia de la experiencia social pasada y la influencia de los contenidos atribuidos al mismo por la sociedad.

La asimilación por el hombre de estos contenidos y de las generali­dades verbales que los resumen, es un proceso complicado, pues depende no sólo de la influencia que tienen sobre él los conocimientos, los conceptos y los puntos de vista que encuentra elaborados al relacionarse con los demás, sino también de la relaciones que hay entre estas formas ver­bales y las impresiones que el hombre recibe en su ligazón directa con la realidad social que le rodea. El machismo, para el caso es un con­junto de normas sobre el tipo de relaciones entre hombre y mujer, que en conjunto hacen que el hombre perciba a la mujer como inferior y que ésta sobrevalore al hombre. Cada uno percibe al otro por encima o por debajo de su valor real, pues ambos son machistas.

Este patrón de percepción suministrado por el patrón cultural se apoya en creencias explicativas de los diversos fenómenos de la vida corriente; y en un criterio evaluativo de los mismos y de las circunstancias en que se dan; es lógico que el patrón de percepción es potenciado pot la creencia explicativa y que ambos se traducen en un criterio evaluativo.

Las creencias explicativas son el componente tradicional del patrón cultural. . Su mismo enunciado es una contradicción, pues normalmente toda creencia es irracional por cuanto no se fundamenta de acuerdo con las exigencias lógicas de la razón. Una creencia se tiene o no se tiene y en ambos casos no hay por qué dar razón de ella- no importa cuántos esfuerzos hayan hecho los teólogos de distintas denominaciones por cohones­tar razón y fe. De modo que una creencia no se explica ni explica, pero puede utilizarse como si explicase. Funciona como el mecanismo de defensa, inconsciente, que los freudianos llaman racionalización. Téngase en cuenta que los patrones culturales son paquetes de cultura codifi­cada, cuyo contenido no puede descodificarse si.no es en un proce­so de concientización.

Por lo general, las creencias explicativas no resisten el menor esfuerzo  de análisis, como no lo resisten los prejuicios dado su carácter emocional. Sin embargo, proporcionan al individuo una estabilidad de la conciencia. Por ,ejemplo, en el caso del machismo, el varón cree que la mujer es en términos generales más débil que él; no sólo en su capacidad muscular -para levantar pesas-'.sino en casi todas las otras capacidades. Cuando las estadísticas les muestran que las mujeres tienen esperanza de vida más larga, lo atribuyen al mayor desgaste que ocasiona la forma de vida masculina. Si se les muestra que nacen más varones que hembras y que ya a los cinco años las cifras son inversas, lo explican di­ciendo que el organismo del niño es "más fino" y por lo mismo más delicado que el de las hembras. Ambas respuestas son contradicto­rias y falsas~ pues no es cierto que la vida tienda a ser más larga cuando es virtuosa, ni que el organismo de las niñas sea más basto que el de los niños. De todas maneras, de la percepción de la mujer como ser débil se derivan las reglas de cortesía .por las cuales el varón debe tomarla del brazo cuando suben o bajan gradas ... para satisfacción de ambos.

El patrón cultural provee al individuo de un criterio evaluativo. En efecto, es condición esencial del hombre, en cuanto animal ético, el justificar sus actos partiendo de una evaluación conforme a criterios establecidos por el grup08. El hombre se pasa la vida evaluando cada una de las situaciones diarias. Si va por la calle y mira que alguien camina des­nudo, inmediatamente piensa que está obrando mal; si alguien entra por la mañana a una oficina sin saludar a los circunstantes, inmedia­tamente piensa que es un mal educado.

El criterio evaluativo es el resumen de las normas que constituyen el patrón cultural. De él se derivan actitudes y pautas para actuar y, además, especifica al individuo metas u objetivos a alcanzar. Todo ello confi­gura un rolo papel, entendido como la conducta obligatoria, la pro­hibida y la concedida a quien ocupa un estatus, o posición en deter­minado grupo.

Así, por ejemplo, los patrones culturales familiares se operacional izan en las normas de comportamiento -obligatorias, prohibidas, concedi­das; de cada uno de sus miembros, padre, madre, hijo, hermana, etc.

Así planteada la cuestión, la vida del hombre corriente consiste en ajustar cada uno de sus actos al patrón cultural correspondiente, aunque re­sulte un poco simplista el reducirlo a mero "hombre de Pavlov". Sin embargo, la situación quizá no están tan alejada tratándose de una conciencia ingenua; piénsese para el caso en un hombre del campo, analfabeta, y sin más educación que la proporcionada en la socialización informal. El "sabe" qué hacer en cada situación, qué es lo bueno y lo malo, lo deseable y lo indeseable; es un hombre perfectamente ajustado ... o casi.

En resumen, los patrones culturales suministran al individuo un patrón de percepción, creencias explicativas de los fenómenos de la vida diaria, un criterio evaluativo de las situaciones de la vida, le determinan ac­titudes y pautas para actuar y le especifican metas y objetivos a alcanzar.

Los patrones culturales son plantados en la conciencia en la etapa pre lógica del proceso de socialización, incluyen un fuerte componente irracio­nal, lo que los hace muy tenaces y difíciles de modificar. En cuanto formas de comportamiento socialmente compartidas, afectan la conducta de todos los miembros del grupo, prácticamente sin importar el nivel. es­colar. Los patrones culturales están estrechamente interrelacionados, integrándose en un complejo de representaciones y contenidos que configuran la cultura específica de una comunidad.


Publicado por jorseviv @ 3:57 AM
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